Los incendios forestales que afectaron a las regiones de Ñuble y Biobío durante la temporada 2025-2026 no terminan con el apagado de las llamas. Tras la devastación inicial, emerge una amenaza silenciosa: la degradación extrema del suelo y el quiebre del ciclo hídrico, fenómenos que ponen en riesgo la seguridad hídrica y la vida de las comunidades ante la llegada de las lluvias.
Pablo T. Silva Jordán, especialista en recursos hídricos de Formation Environmental, advierte que este escenario configura lo que ya se denomina la “Segunda Crisis” de los incendios. “Prevenir incendios es, en última instancia, asegurar agua. Lo que está en juego no es solo la superficie quemada, sino la seguridad hídrica de las comunidades y la resiliencia climática del país”, señala.
Consecuencias en tres tiempos
- Corto plazo: El fuego, al superar los 270-300 °C, funde la materia orgánica y genera una capa cerosa que repele el agua (hidrofobicidad). Los cerros dejan de ser esponjas y se convierten en “autopistas” de lodo y sedimentos. Con las primeras lluvias, aumenta violentamente el riesgo de aluviones en zonas bajas como Lirquén. Además, la destrucción de sistemas de Agua Potable Rural obliga a cientos de familias a depender de camiones aljibe.
- Mediano plazo: La erosión post-incendio arrastra cenizas hacia los ríos, elevando la turbiedad y encareciendo los procesos de potabilización. La apicultura y la agricultura familiar sufren la pérdida de flora melífera, infraestructura y sistemas de riego, paralizando su capacidad de recuperación.
- Largo plazo: Cada hectárea de bosque perdida reduce la capacidad de recarga de acuíferos, agravando la escasez hídrica estructural y debilitando la resiliencia climática de los territorios.
Un desafío estructural
El número de incendios en Chile se multiplicó por diez desde los años sesenta, mientras las hectáreas arrasadas se quintuplicaron. En un contexto de crisis climática global, con un aumento de la temperatura promedio de 1,55 °C en 2025, los incendios se transforman en catalizadores de desastres que trascienden las llamas.
“Hoy apenas el 5% del presupuesto forestal se destina a la prevención. Existe una ventana crítica de pocos meses para que la regeneración natural actúe antes del invierno. Si no se actúa ahora, el agua será el próximo gran peligro”, enfatiza Silva Jordán.
El especialista plantea que Chile necesita una agenda de reformas que combine inversión, ciencia y gestión territorial. El uso intensivo de tecnología —como el procesamiento de información remota y el desarrollo de indicadores que integren vegetación, suelo y escorrentía— es clave para identificar zonas críticas, realizar seguimiento durante la emergencia y evaluar los impactos post-desastre.
