Por: Patricio Crespo, presidente de la Federación de Juntas de Vigilancia de los Ríos y Esteros de la Sexta Región.
El valle agrícola de la región de O’Higgins ha resistido, no sin costos, los efectos de una megasequía que ya suma 14 años. A esta realidad se agregó la actual temporada de riego nuevamente pobre en lluvias y nieve. El problema ya no es coyuntural: el efecto acumulado de tantos años deficitarios obliga a asumir que el clima cambió y que debemos adaptarnos con decisiones estructurales, tanto a nivel regional como local.
En materia de riego, la región ha avanzado. Según el catastro Ciren 2021, un 58% de la superficie agrícola cuenta hoy con riego tecnificado. Las inversiones agrícolas han empujado un uso más eficiente del agua, especialmente en la agricultura de exportación. Los canales y organizaciones de usuarios también han hecho su parte, incorporando telemetría, revestimientos y mejoras en la distribución. La Ley de Riego ha sido clave en este proceso, aunque claramente insuficiente para cubrir las necesidades reales, dejando a la agricultura pequeña y parte de la mediana muy expuestas a la disponibilidad natural del recurso.
Sin embargo, estos esfuerzos no bastan. Los estudios y la experiencia indican que agua aún existe, pero no siempre donde ni cuando se necesita. Los déficits se concentran en ciertos territorios y, sobre todo, en los meses de mayor demanda, primavera y verano, en que no coinciden con la oferta invernal. El desafío ya no es solo usar mejor el agua, sino poder almacenarla y gestionarla en el tiempo.
Aquí se abren dos caminos complementarios. Por una parte, invertir en infraestructura de almacenamiento, como embalses medianos en zonas estratégicas y redes de tranques en el valle. Por otra, avanzar en la recarga gestionada de acuíferos, infiltrando aguas de invierno para luego disponer de ellas en los períodos críticos, apoyando ríos y canales que hoy enfrentan déficits cada temporada. Así, podríamos aprovechar y cuidar el gran embalse subterráneo emplazado entre las cordilleras de Los Andes y de la costa.
También es urgente mejorar la información disponible. No es razonable que aún no contemos con estimaciones claras y oportunas sobre nieve, su aporte hídrico y proyecciones que permitan anticipar escenarios. Hoy existen herramientas, como imágenes satelitales, que pueden y deben usarse con mayor rigor para apoyar la toma de decisiones.
En este contexto, proyectos largamente esperados cobran especial relevancia. La construcción del embalse Bollenar en Rengo permitiría dar seguridad hídrica a esa cuenca por muchos años. Asimismo, extender el servicio del embalse Convento Viejo hacia Marchigüe podría entregar certeza de riego a nuevos territorios y abrir oportunidades de desarrollo agrícola. Revisar su capacidad de llenado y su modelo de operación es una tarea pendiente que depende directamente del Estado.
Con un trabajo público-privado bien coordinado, la región puede avanzar en soluciones concretas, como pilotos de recarga de acuíferos, donde existe conocimiento y experiencia suficiente. Más que diagnósticos, hoy se necesita recuperar la confianza y la voluntad de hacer. El agua sigue siendo el principal motor del valle, y asegurarla es asegurar el futuro de la región.
