Por: Héctor Mondaca Ulloa.
Durante años, las respuestas a la crisis hídrica han sido técnicas: infraestructura, eficiencia, tratamiento, regulación. Y aunque son necesarias, muchas veces resultan insuficientes.
Porque el agua, además de ser un recurso, es también un relato. Y ese relato está incompleto, fragmentado o, en el peor de los casos, ausente.
Cuando el relato falla, la acción también
No basta con tener soluciones si no sabemos comunicar el problema. No basta con diseñar políticas si no logramos conectar con la ciudadanía. No basta con innovar tecnológicamente si no somos capaces de instalar un sentido de urgencia y corresponsabilidad.
El problema narrativo es que hablamos del agua como un insumo, pero no como un bien común. Nos enfocamos en su escasez, pero no en sus múltiples significados. Dividimos el relato entre especialistas, políticos, usuarios y empresas, como si se tratara de mundos separados.
Y así, mientras los expertos perfeccionan diagnósticos, la sociedad sigue percibiendo el agua como algo que “siempre va a estar”.
¿Qué falta? Una narrativa común
Una que no solo informe, sino que movilice. Una que conecte datos duros con emociones reales. Una que traduzca la urgencia climática en decisiones cotidianas. Una que nos haga ver que el agua no es solo un problema de gestión, sino un desafío cultural y comunicacional.
¿Y si el cambio empieza por cómo hablamos del agua?
En un mundo saturado de información, la diferencia la marca el relato que logra instalarse, compartirse y movilizar acción. Eso no es menor. Es, quizás, el gran eslabón perdido de la transición hídrica.
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