Por Pablo Silva Jordán. Especialista en Recursos Hídricos.
El histórico sistema frontal que afectó a gran parte del país, especialmente a la Región de Coquimbo y la provincia del Huasco, dejó en evidencia una realidad que Chile ya no puede ignorar: los eventos climáticos extremos están ocurriendo con mayor frecuencia e intensidad, generando pérdidas en infraestructura crítica, interrupciones de servicios básicos y graves impactos para comunidades, sectores productivos y la economía. Solo en La Serena cayeron 79 milímetros de lluvia en una jornada, el registro más intenso desde 1987, mientras el Gobierno calificó el fenómeno como un evento “sin precedentes” para la zona y decretó Estado de Catástrofe para facilitar la coordinación y movilización de recursos.
Más allá de la emergencia, surge una pregunta de fondo: ¿cómo pasar de reaccionar a anticiparse? Parte de la respuesta está en la gestión de datos ambientales. Hoy existen herramientas capaces de integrar información satelital, modelos hidrológicos, sensores en terreno y millones de registros históricos para anticipar inundaciones, modelar escenarios y fortalecer la toma de decisiones antes, durante y después de una catástrofe. Plataformas como Google Flood Hub muestran que la inteligencia artificial ya puede transformar información ambiental en decisiones preventivas, siempre que disponga de datos confiables y actualizados. La experiencia reciente también demuestra que contar con alertas tempranas, monitoreo permanente y modelos predictivos permite anticipar evacuaciones, proteger infraestructura crítica y reducir el impacto sobre la población.
El desafío ya no consiste únicamente en reconstruir la infraestructura dañada. También implica desarrollar una verdadera infraestructura de datos que permita identificar zonas de riesgo, monitorear cuencas en tiempo real, revisar los criterios tradicionales de análisis hidrológico y estadístico, especialmente aquellos basados en períodos de retorno construidos bajo supuestos de estacionariedad climática, y avanzar hacia evaluaciones que incorporen la intensidad, frecuencia y simultaneidad de eventos extremos que hoy escapan a los parámetros históricos normales, optimizar inversiones y diseñar medidas de adaptación que reduzcan la vulnerabilidad frente a futuros temporales.
La evidencia indica que Chile enfrentará con mayor frecuencia episodios de lluvias intensas concentradas en pocas horas, alternados con prolongados períodos de sequía, por lo que la resiliencia deberá transformarse en una política permanente de Estado. Ello exige combinar infraestructura física con infraestructura digital, incorporando soluciones como drenajes inteligentes, monitoreo hidrológico, sistemas de infiltración y planificación territorial basada en información científica. La resiliencia territorial dependerá cada vez más de la capacidad de convertir información de calidad en decisiones oportunas.
